Prosodia

Hoy va de acentos.
Dicen de los valencianos que hablamos como cantando, como provincianos apocados. Y que abrimos las vocales, y abusamos de la e al saludarnos de ‘Yeeee’, acortando las distancias entre gigantes y nanos. Y restamos importancia a todo con un cariñoso -et, porque somos poca cosa y nada consideramos gran cosa. Pero cuando el genio explota, exageramos partiendo el participio en una a tónica, haciéndonos oír en plena mascletá. Somos maestros del ruido, que aquí llamamos sonido.
De incendios controlados con los que finiquitamos el frío, y damos paso al brío de la vida en flores, luz, y amor.
He conocido a extranjeros de muchas partes del mundo, y también varios colores. No soy persona bien viajada, como traducen los esnob, pero he estado en varios lares, cruzado un par de océanos, y buceado en muchos bares.
Una vez tuve una novia a la que un hermano definió como naranja. No diré de dónde era por no ofender a Rembrandt y toda Holanda; pero de aquí no era.
Tampoco es de aquí mi ELLA de ahora, cuyo color es el rojo pasión. En mí, mora.
Sí, compartimos morada.
Y en ésta, nuestra casa, se escucha un acento donde la o átona cambia mi nombre de género. Y eso tiene gracia. Las que ella tiene, diría mi tío abuelo.
Hablo de un tío bien conocido valenciano al que yo nunca escuché, pero intuyo que tenía cierto deje aragonés. Como el que tenía su prima, que me contó historias de él.
Hablaré de ella pues. Pero no diré su nombre, porque siempre juego con ellos y me gusto así, socarrón. Y un poquito cabrón.
Sólo diré que hizo honor a su nombre y yo admiro mucho eso. Soy simbólico y siento cierto gusto cuando alguien hace honor al significado de su nombre.
Así, ella voló. 5 pisos para ser exactos. Mi tía Volante. Aragonesa, terca, ciega hábil, compañera de habitación, ejemplo de superación y de mérito, de una larga vida bien terminada. Me contó batallas de su primo, de cómo él huyó de España escondido en un tonel de vino.
Aquel primo hizo de su apellido un símbolo, incluso un movimiento político. Votaría por él un siglo después de su muerte si se presentara.
La ocasión. La votación. La muerte, presidente de la vida. Ante mí. Ante El Pueblo donde publicó.
La vida tiene mucho de muerte. ¿Qué tiene la muerte de vida?
Le preguntaré mañana a mi ELLA, que también hace honor a su nombre. Es LUZ.
Quizá esa misma que ven los que han tenido experiencias cercanas a la muerte.
En septiembre viví ese momento, en cuerpo ajeno, casi en directo.
«Me muero», dijo en su lecho de muerte.
Y yo no pude hacer nada. Apagué la luz de la sala, que cegaba a mi madre; y me senté a su lado. Mano a mano.
Así pasa una madre la vida a un hijo.
En su posavasos se leía: «Mothers hold their children’s hands for a short while, but their hearts forever.»
Verdad.
Amen.
Es una orden.
Hoy es viernes 7 de marzo. El día está gris, el cielo blanco casi, no llueve (aún).
Y por cierto, mamá, hago un mal bibliotecario. Resulto ser alérgico al polvo.
Aún así, seré custodio de tu legado. Custodio de mí y de ti en mí.
Y sí. Adorada por los dioses. No lo dudo.
Nombres. Cada uno con su acento se llama hacia sus adentros como «tú».
No en público.
No publico.
Blasco publicó su POV.







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